La noche en la mansión Seller no traía descanso, solo una penumbra espesa que se filtraba por los rincones del mármol. Kerim permanecía en la terraza, una silueta rígida recortada contra el cielo sin estrellas de Estambul. Su mirada, fija en el camino de entrada vacío, era un bloque de hielo. No era solo preocupación lo que emanaba de él; era una amargura tóxica, el residuo de una discusión que había dejado más cicatrices que respuestas.
Baruk, observando a su hijo desde las puertas de cristal,