Zeynep estaba en la cocina; el aroma del café recién hecho llenaba el ambiente. Movía lentamente la cuchara dentro de la taza, observando cómo el vapor subía en espirales. La mañana estaba tranquila, demasiado tranquila.
De pronto, escuchó la puerta abrirse.
El sonido metálico del picaporte rompió el silencio y ella se quedó inmóvil, con la cuchara aún en la mano, esperando a ver quién era.
—¿Quién…? —susurró, aunque no se atrevió a asomarse todavía.
Unos pasos firmes se escucharon acercándose.