Habían pasado dos días desde la negociación.
El aire en el apartamento de Azra se sentía pesado, denso, cargado de incertidumbre.
Ella estaba sentada en el sofá, con una taza de café frío entre las manos. Abram caminaba de un lado a otro, nervioso, fumando sin parar.
—Esa mujer… —murmuró Azra con un tono de cansancio—, me ofreció mucho dinero, Abram.
—Lo sé, Azra —respondió él, sin mirarla, soltando una nube de humo—. Ya me lo dijiste una y otra vez.
Ella lo miró con ojos vacíos, sin brillo.
—A