Azra se quedó de pie, con el rostro desencajado, sin poder creer lo que estaba escuchando.
Sus manos temblaban. No sabía si reír, llorar o simplemente salir corriendo de aquel apartamento.
Zeynep, en cambio, se mantenía firme, con una sonrisa extraña en los labios, esa sonrisa que mezclaba dulzura y locura a la vez.
—No puedo creerlo… —murmuró Azra, negando con la cabeza—. Quieres comprar un bebé, Zeynep. ¡Eso no está bien!
Dio un paso atrás, con la intención de marcharse, pero Zeynep, rápida,