Kerim descendió las escaleras con el pulso todavía acelerado. El eco del ultimátum de Zeynep resonaba en sus oídos como un tambor de guerra. Al llegar a la sala principal, sumida en una penumbra apenas rota por la luz de la luna, se desplomó en el sofá de cuero. El silencio de la mansión le resultaba insoportable. En un arranque de furia contenida, golpeó el cojín con el puño, una, dos veces.
—Maldita sea... —susurró, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos. Se sentía como un animal a