La luz de la mañana se filtraba por las cortinas de seda de la habitación de Ariel, pero no lograba disipar la sombra de odio que nublaba su rostro. Sostenía el teléfono con una fuerza que hacía palidecer sus nudillos. Al otro lado de la línea, la voz de su padre resonaba con esa autoridad implacable que ella tanto admiraba.
—Papá, dime... ¿Qué noticias tienes para mí? —preguntó Ariel, con la voz temblando de anticipación.
—Hija, ya está hecho —respondió su padre con frialdad—. Ya localicé a es