Zeynep entró en la habitación con el paso suave de quien teme romper un hechizo. Se acercó a la cuna de Evan, cuya respiración rítmica era el único sonido que brindaba paz en aquella casa atormentada. Sin que ella lo notara, Kerim estaba de pie en la penumbra, observándola con una intensidad que le quemaba la nuca.
—Mi querido hijo... qué lindo te ves ahí, tan tranquilo —susurró Zeynep, acariciando con la punta de sus dedos la manta del bebé—. Eres como un ángel. Eres hermoso, mi vida.
Kerim no