Zeynep ya estaba de regreso en la mansión, pero las paredes de mármol y los lujos no lograban sofocar el incendio que ardía en su pecho. Caminaba de un lado a otro en su habitación, como una fiera enjaulada, hasta que sus pasos la llevaron al balcón. Apoyó las manos en la barandilla de hierro forjado y clavó la mirada en el azul infinito del cielo turco.
Sin embargo, no veía el paisaje. Sus ojos estaban nublados por el pasado. El recuerdo regresó con la fuerza de un naufragio: la voz de Carlos ordenando a esos tres hombres que la castigaran. Podía sentir de nuevo el frío del suelo, el impacto de los golpes y el dolor insoportable que le arrebató algo más que la dignidad. Una lágrima solitaria, pesada como el plomo, rodó por su mejilla.
—Te odio, Carlos... —susurró, y su voz tembló de puro rencor—. Te juro que me las pagarán. Primero me encargaré de esos tres animales. Luego iré por ti. Y al final... Kerim. Él sufrirá por haberme hecho a un lado, por haber jugado con mis sentimientos c