El despacho de Baruk Seller se sentía como una bóveda acorazada donde el aire apenas circulaba. El aroma a tabaco caro y papel viejo impregnaba el ambiente. Baruk estaba sentado tras su escritorio de roble, con la mirada fija en la puerta. Cuando su secretaria anunció la llegada de Carlos, el patriarca no se movió; simplemente ajustó sus gafas con una parsimonia aterradora.
Carlos entró con una mezcla de arrogancia y nerviosismo. Sus ojos recorrieron la lujosa oficina, deteniéndose en las obras