Abram observó la pantalla de su teléfono. El nombre de Azra parpadeaba como una advertencia que él estaba más que dispuesto a ignorar. Al contestar, su voz se tornó cálida, una máscara perfecta de camaradería.
—Aló… —dijo Abram, sonriendo para sus adentros—. Hola, Azra. —Abram, estoy aquí. Ya llegué —la voz de ella sonaba ansiosa, cargada de una esperanza frágil—. Quiero que nos veamos. —Está bien. Voy para allá, espérame en el lugar de siempre.
Abram colgó y se quedó mirando el vacío por un segundo. "No debiste venir, Azra", pensó mientras tomaba las llaves de su auto. "Ahora me toca hacer mi jugada". No pudo evitar sentir una mezcla de admiración y temor hacia Zeynep. Esa mujer parecía una bruja; había predicho cada movimiento de Azra con una precisión quirúrgica. Zeynep sabía que el instinto maternal, mezclado con la inestabilidad de Azra, la traería de vuelta al fuego.
Abram condujo hasta el punto de encuentro. Al verla, se bajó del auto con una sonrisa galante. Azra lucía recuper