El Mercedes de Kerim se deslizaba con suavidad hacia la zona privada de la marina. Zeynep observaba por la ventana cómo el paisaje urbano de acero y asfalto era reemplazado por la inmensidad azul del Egeo. Una leve brisa marina se filtraba por el sistema de ventilación, trayendo consigo el aroma a salitre y libertad.
—¿A dónde iremos, Kerim? —preguntó ella, rompiendo el silencio que se había mantenido desde que salieron de la mansión. Kerim, con una sonrisa enigmática que no terminaba de llegar