El Mercedes de Kerim se deslizaba con suavidad hacia la zona privada de la marina. Zeynep observaba por la ventana cómo el paisaje urbano de acero y asfalto era reemplazado por la inmensidad azul del Egeo. Una leve brisa marina se filtraba por el sistema de ventilación, trayendo consigo el aroma a salitre y libertad.
—¿A dónde iremos, Kerim? —preguntó ella, rompiendo el silencio que se había mantenido desde que salieron de la mansión. Kerim, con una sonrisa enigmática que no terminaba de llegar a sus ojos, no desvió la mirada de la carretera. —Ya lo verás. Ten un poco de paciencia.
Al llegar al muelle, el panorama era deslumbrante. Decenas de yates de lujo se mecían rítmicamente sobre las aguas cristalinas. Kerim estacionó el auto y se bajó para abrirle la puerta a Zeynep. Al bajar, ella sintió que el viento agitaba su vestido y su cabello, obligándola a sostenerse el flequillo mientras miraba a su alrededor con asombro.
—Vamos —dijo él, tomándola de la mano. El contacto fue firme, ca