La luz del sol de la mañana se filtraba suavemente a través de los ventanales, pintando vetas de oro sobre la alfombra de la habitación principal. Zeynep abrió los ojos lentamente, extendiendo la mano hacia el otro lado de la cama, pero solo encontró las sábanas frías. Kerim ya no estaba. Suspiró, una mezcla de alivio y una extraña melancolía recorriéndola. La noche anterior había sido volcánica, cargada de una rabia que, paradójicamente, se sentía más real que cualquier amabilidad forzada.
Se levantó, se lavó el rostro con agua helada para despejar las sombras del cansancio y se vistió con una bata de seda. Necesitaba aire. Caminó hacia el balcón y abrió las puertas de cristal, llenando sus pulmones con el frescor revitalizante de la mañana.
Sin embargo, la paz duró poco. Al mirar hacia el ala opuesta de la mansión, sus ojos se toparon con los de Ariel.
Ariel estaba allí, envuelta en una bata oscura, con el cabello desordenado y ojeras profundas que delataban una noche de llanto e in