La luz del sol de la mañana se filtraba suavemente a través de los ventanales, pintando vetas de oro sobre la alfombra de la habitación principal. Zeynep abrió los ojos lentamente, extendiendo la mano hacia el otro lado de la cama, pero solo encontró las sábanas frías. Kerim ya no estaba. Suspiró, una mezcla de alivio y una extraña melancolía recorriéndola. La noche anterior había sido volcánica, cargada de una rabia que, paradójicamente, se sentía más real que cualquier amabilidad forzada.
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