El eco de los gritos en la planta baja aún vibraba en las paredes de la mansión cuando Kerim cerró la puerta de la habitación principal con un movimiento seco. El silencio que siguió no era de paz, sino de una presión asfixiante. Kerim comenzó a caminar de un lado a otro, como un animal salvaje atrapado en una jaula de oro, mientras Zeynep se sentaba en el borde de la cama, observándolo con una mezcla de cautela y remordimiento fingido.
Finalmente, Kerim se detuvo en seco y se volvió hacia ella