El eco de los gritos en la planta baja aún vibraba en las paredes de la mansión cuando Kerim cerró la puerta de la habitación principal con un movimiento seco. El silencio que siguió no era de paz, sino de una presión asfixiante. Kerim comenzó a caminar de un lado a otro, como un animal salvaje atrapado en una jaula de oro, mientras Zeynep se sentaba en el borde de la cama, observándolo con una mezcla de cautela y remordimiento fingido.
Finalmente, Kerim se detuvo en seco y se volvió hacia ella. Sus ojos, antes cálidos, ahora eran dos brasas de furia oscura.
—¿De verdad tenían que ir a ese hotel común? —rugió Kerim, gesticulando con violencia—. ¡Por todos los demonios! ¿Por qué tenías que ir precisamente allí, Zeynep? Sabes perfectamente que no soporto a ese hombre. ¡No me gusta Carlos en lo absoluto y tú lo sabías!
Zeynep suspiró, tratando de mantener la voz firme para no delatarse. —Ya cálmate, Kerim —dijo ella, suavizando el tono—. Sé que tienes razón, pero entiende de una vez mi p