El sol de la mañana terminaba de iluminar el comedor de la mansión Seller, pero el ambiente se enfriaba con cada segundo que pasaba. Kerim se puso de pie, ajustándose la chaqueta del traje con una elegancia natural, y miró a su hermano.
—Vámonos, Emmir, o se nos hará tarde para la junta de accionistas —dijo Kerim, recuperando su tono profesional.
Emmir apuró el último trago de su jugo de naranja y se levantó con un suspiro. Se acercó a su hija, Mia, que desayunaba tranquilamente, y le dio un be