El sol de la mañana terminaba de iluminar el comedor de la mansión Seller, pero el ambiente se enfriaba con cada segundo que pasaba. Kerim se puso de pie, ajustándose la chaqueta del traje con una elegancia natural, y miró a su hermano.
—Vámonos, Emmir, o se nos hará tarde para la junta de accionistas —dijo Kerim, recuperando su tono profesional.
Emmir apuró el último trago de su jugo de naranja y se levantó con un suspiro. Se acercó a su hija, Mia, que desayunaba tranquilamente, y le dio un beso en la frente.
—Adiós, mi amor. —Pórtate bien —murmuró Emmir con ternura. —Adiós, papá. Que te vaya bien en el trabajo —respondió la niña con una sonrisa inocente.
Emmir buscó la mirada de su esposa, Ariel, pero ella ni siquiera se dignó a levantar la vista del plato. Seguía cortando su fruta con movimientos mecánicos y fastidiados, como si cada trozo de melón fuera un enemigo. Emmir lanzó una mirada de auxilio a su padre; Baruk captó el gesto de inmediato y asintió con una pesadez que delatab