La actuación en la terraza
El sol de la tarde comenzaba a descender sobre Estambul, tiñendo el cielo de tonos violetas y anaranjados, pero en la terraza de la mansión Seller, el aire se sentía gélido.
Ariel regresó de su encuentro con Carlos con la satisfacción venenosa de un trato cerrado, pero sabía que el siguiente paso era crucial: necesitaba coartadas y aliados. Aparcó su coche deportivo y, en lugar de entrar triunfante, compuso su rostro en una máscara de desolación absoluta.
Caminó hacia la terraza principal, dejó caer su bolso de diseñador en una silla de mimbre y se acercó a la barandilla de piedra. Allí se quedó, mirando la nada, dejando que el viento desordenara su cabello perfecto. Se obligó a pensar en su propia desgracia, en cómo se sentía desplazada, en cómo Emmir la ignoraba, hasta que una lágrima solitaria y perfecta rodó por su mejilla pálida.
Desde el interior del salón, a través de los grandes ventanales, Selim la observaba. La matriarca había notado la salida abru