Zeynep marcó el número de Azra. El tono de llamada sonó una, dos, tres veces. Para Zeynep parecieron horas.
—¿Aló? —contestó la voz dulce y cansada de Emma al otro lado.
—Hermana... —Zeynep trató de que su voz no sonara acusadora, pero estaba agitada.
—Hola, Zeynep. ¿Sucede algo? Te oigo extraña. ¿Estás bien? ¿El bebé está bien?
Zeynep caminó hacia la ventana, mirando hacia los jardines donde horas antes Kerim se había despedido. Necesitaba claridad.
—El bebé está bien. Pero yo no. Hermana, quiero que me digas la verdad. Y por favor, júramelo por la memoria de nuestros padres.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Azra percibió la gravedad del tono.
—Dime.
—¿Tú y Emmir tienen algo?
El silencio se prolongó. Zeynep podía escuchar la respiración de su hermana y el ruido de fondo de la calle donde vivía.
—Emma... —insistió Zeynep—. ¿Por qué te quedas callada? ¿Por qué no me respondes?
—¿Por qué me haces esa pregunta, hermana? —respondió Emma finalmente, con voz defensiva—. ¿Quién te