Kerim sostuvo su mirada. Vio la leona defendiendo a su cachorro.
—Está seguro, Zeynep. Confía en mí por una vez.
Zeynep resopló y se estiró para apagar la lámpara de su lado, dejando la habitación en una penumbra azulada. Se acomodó de nuevo, acercándose más a su hijo, lo que inevitablemente significaba acercarse más a Kerim. Quedaron pegados, cadera con cadera, con el bebé en medio.
Ella colocó su mano protectora sobre la espalda de Evan para asegurarse de que no resbalara. Al hacerlo, su mano rozó los dedos de Kerim, que también sostenían al niño. El contacto piel con piel fue eléctrico.
Kerim no apartó la mano. La miró a través de la oscuridad, sintiendo el calor de ella.
—Es un buen pretexto para tocarme, ¿cierto? —susurró él con voz ronca y burlona.
Zeynep sintió que la cara le ardía. Retiró la mano un milímetro, pero no la quitó del bebé.
Ella sonrió con sarcasmo.
—El león cree que todos son de su condición —respondió ella—. Lo hago porque no confío en ti, Kerim. Voy a sostener