Zeynep se quedó petrificada en la silla del Café Pera, mirando el asiento vacío donde segundos antes había estado su verdugo. El beso húmedo en su mejilla aún ardía como una marca de ganado, pero el verdadero dolor estaba en su pecho, una presión asfixiante que le impedía llenar los pulmones de aire.
—¿De dónde voy a sacar tanto dinero? —susurró, con la voz quebrada, las manos temblorosas aferradas al borde de la mesa para no caerse—. Dios mío, ayúdame... Creo que voy a desmayarme.
El ruido de