Zeynep se quedó petrificada en la silla del Café Pera, mirando el asiento vacío donde segundos antes había estado su verdugo. El beso húmedo en su mejilla aún ardía como una marca de ganado, pero el verdadero dolor estaba en su pecho, una presión asfixiante que le impedía llenar los pulmones de aire.
—¿De dónde voy a sacar tanto dinero? —susurró, con la voz quebrada, las manos temblorosas aferradas al borde de la mesa para no caerse—. Dios mío, ayúdame... Creo que voy a desmayarme.
El ruido de la cafetera, las risas de los otros clientes, el tintineo de las tazas... todo se distorsionó en sus oídos, convirtiéndose en un zumbido ensordecedor.
—¿A quién le pido yo esa cantidad? —pensó, sintiendo que las paredes se cerraban sobre ella—. Trescientos mil... es una fortuna. Y sé que no va a parar.
Zeynep cerró los ojos con fuerza, y las lágrimas que había contenido frente a Carlos finalmente se desbordaron, rodando por debajo de sus gafas oscuras. Su mente, habitualmente lúcida, ahora era u