La puerta principal de la Mansión Seller se abrió con un gemido pesado de las bisagras, rompiendo el silencio sepulcral del vestíbulo.
Zeynep cruzó el umbral arrastrando los pies, como si cada paso le costara una parte de su alma. La luz de la tarde entraba por los ventanales, bañando el mármol en tonos dorados, pero sobre ella parecía cernirse una nube de tormenta permanente. Se había quitado las gafas oscuras, revelando unos ojos enrojecidos e hinchados, rodeados de ojeras violáceas que el maquillaje ya no podía ocultar.
En la sala de estar, la escena parecía un cuadro de falsa domesticidad. Baruk estaba de pie cerca de la chimenea apagada, con las manos entrelazadas a la espalda, mientras Ariel hojeaba una revista con desinterés fingido, sus ojos de gata clavados en la entrada, esperando a su presa.
Baruk se giró al escucharla entrar. Su instinto paternal se activó al ver el estado deplorable de su nuera.
—Hija... —dijo Baruk, dando un paso hacia ella, su ceño frunciéndose con preo