La puerta principal de la Mansión Seller se abrió con un gemido pesado de las bisagras, rompiendo el silencio sepulcral del vestíbulo.
Zeynep cruzó el umbral arrastrando los pies, como si cada paso le costara una parte de su alma. La luz de la tarde entraba por los ventanales, bañando el mármol en tonos dorados, pero sobre ella parecía cernirse una nube de tormenta permanente. Se había quitado las gafas oscuras, revelando unos ojos enrojecidos e hinchados, rodeados de ojeras violáceas que el ma