El comedor de la Mansión Seller, con su larga mesa de caoba y su araña de cristal, solía ser un lugar de reunión familiar. Esa mañana, sin embargo, parecía un campo de batalla donde las armas eran el silencio y las miradas.
El sonido de los cubiertos de plata chocando contra la porcelana fina era lo único que interrumpía la quietud opresiva. Baruk presidía la mesa, leyendo el periódico financiero con el ceño fruncido, mientras Selim intentaba mantener una sonrisa forzada, sirviendo té.
Pero la