El comedor de la Mansión Seller, con su larga mesa de caoba y su araña de cristal, solía ser un lugar de reunión familiar. Esa mañana, sin embargo, parecía un campo de batalla donde las armas eran el silencio y las miradas.
El sonido de los cubiertos de plata chocando contra la porcelana fina era lo único que interrumpía la quietud opresiva. Baruk presidía la mesa, leyendo el periódico financiero con el ceño fruncido, mientras Selim intentaba mantener una sonrisa forzada, sirviendo té.
Pero la tensión emanaba de los extremos.
Ariel, sentada al lado de Emmir, no comía. Tenía una tostada intacta en su plato. Sus ojos, oscuros y cargados de un rencor recién estrenado, escaneaban la mesa. No miraba a su esposo; miraba fijamente a Zeynep.
Zeynep, sentada frente a ella, intentaba concentrarse en su yogurt con frutas, pero sentía la mirada de Ariel como un láser quemándole la piel. Podía sentir el odio, denso y palpable. Ariel la odiaba por su juventud, por su belleza y, sobre todo, por ser