—Kerim... —empezó Emmir con voz de advertencia—. No es momento.
—Sí es momento —insistió Kerim. Se levantó y caminó hasta quedar frente al escritorio de su hermano—. Sé que él te amenazó, Emmir. Lo escuché todo anoche.
Emmir levantó la cabeza bruscamente.
—¿Qué?
—Estaba detrás de la columna, en el estacionamiento —confesó Kerim, con la voz llena de urgencia—. Escuché lo que te dijo. Escuché sobre los documentos, sobre el lavado de dinero en Chipre, sobre la cárcel. Sé por qué volviste con Ariel. No es por amor, ni por deber. Es porque nos tiene agarrados del cuello.
Emmir suspiró profundamente, un sonido que pareció desinflarlo. Se pasó las manos por el rostro, frotándose los ojos con fuerza. Ya no tenía sentido fingir.
—Así que lo sabes —murmuró Emmir.
—Sí, lo sé. Y no puedes cargar con esto solo.
Kerim apoyó las manos sobre el escritorio de Emmir, inclinándose hacia él.
—Hablemos con papá —propuso Kerim con firmeza—. Que nos diga la verdad. Que nos diga qué diablos es eso que Hakim