El edificio corporativo de Seller Holdings se alzaba como una aguja de acero y cristal en el horizonte financiero de Estambul. En el piso cuarenta, el aire siempre estaba acondicionado a una temperatura perfecta, un contraste estéril con el calor emocional que consumía a la familia.
Kerim Seller cruzó el pasillo ejecutivo con paso de tormenta. Ignoró el saludo de su secretaria y empujó la pesada puerta de marfil de la oficina compartida de la presidencia.
Al entrar, el silencio lo golpeó.
Esperaba encontrar la oficina vacía, pero allí estaba Emmir. Su hermano mayor estaba sentado tras el enorme escritorio de roble, con la chaqueta colgada en el respaldo de la silla y las mangas de la camisa remangadas hasta los codos. Estaba revisando documentos con una concentración casi maníaca, firmando papeles con trazos vertiginosos y agresivos.
Emmir levantó la vista al escuchar la puerta. Sus ojos, rodeados de sombras violáceas por la falta de sueño, escanearon a su hermano menor.
—Vaya, al fin