El edificio corporativo de Seller Holdings se alzaba como una aguja de acero y cristal en el horizonte financiero de Estambul. En el piso cuarenta, el aire siempre estaba acondicionado a una temperatura perfecta, un contraste estéril con el calor emocional que consumía a la familia.
Kerim Seller cruzó el pasillo ejecutivo con paso de tormenta. Ignoró el saludo de su secretaria y empujó la pesada puerta de marfil de la oficina compartida de la presidencia.
Al entrar, el silencio lo golpeó.
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