Zeynep tecleaba rápidamente, ingresando datos de reservas. Estaba cansada, sus ojos ardían, pero necesitaba el dinero extra. Las facturas del hospital de su madre se acumulaban y Carlos, su jefe y el hombre del que estaba perdidamente enamorada, le había prometido un bono si terminaba ese reporte esa noche.
—Solo unas horas más, Zeynep —se decía a sí misma, sonriendo al pensar en Carlos—. Él dijo que valoraba mi esfuerzo. Dijo que teníamos un futuro.
Zeynep se arregló el cabello frente al reflejo del monitor. Carlos le había estado coqueteando durante meses: flores en su escritorio, almuerzos compartidos, miradas largas en las reuniones. Ella, joven y romántica, había caído en sus redes. Creía que esa noche, al estar solos, él finalmente formalizaría su relación.
El sonido del ascensor abriéndose en el pasillo la hizo saltar.
La puerta de cristal de la entrada se abrió. Carlos entró. Pero no venía como el jefe impecable que ella conocía. Tenía la corbata deshecha, la camisa manchada d