La figura de Kerim desapareció tras las puertas de cristal de la mansión, llevándose consigo la última oportunidad de honestidad entre ellos. El jardín, que minutos antes parecía un paraíso privado, se sentía ahora inmensamente grande y vacío.
Zeynep se quedó sentada sobre la manta de cuadros, con las piernas cruzadas y el corazón latiendo con una mezcla tóxica de dolor y rabia. Apretó los puños sobre la tela, arrugándola, deseando poder gritarle a la espalda de su marido.
—Eres un estúpido, Ke