Emmir cruzó las puertas de cristal del hospital, dejando atrás la humedad de la noche y la sentencia de muerte que Hakim acababa de dictar sobre su familia. Caminaba como un autómata, sus pasos resonando en el suelo de linóleo pulido. Sentía el pecho oprimido, como si el dedo de su suegro aún estuviera clavado en su esternón, recordándole que la libertad era un lujo que acababa de perder.
Al entrar en la sala de espera, el aire pareció congelarse.
Baruk y Selim levantaron la vista simultáneamente. No necesitaron palabras. Al ver la postura derrotada de su hijo, los hombros caídos y la mirada vacía, supieron que Hakim había ganado. Baruk cerró los ojos un instante y asintió levemente, un gesto imperceptible de gratitud mezclada con vergüenza: su hijo se había sacrificado por sus pecados del pasado.
Emmir no dijo nada. No podía mirar a su padre a los ojos sin pensar en los sobornos, en la cárcel, en la corrupción que ahora era la cadena que lo ataba a Ariel.
Kerim, que seguía de pie jun