Se detuvo y se giró lentamente. Emmir llegó a su lado, metiendo las manos en los bolsillos para ocultar el temblor que le provocaba el frío y el miedo.
—Escúchame muy bien, Emmir —comenzó Hakim, sin preámbulos—. Mi hija está en esa cama por tu culpa. Tú le rompiste el espíritu. Tú la humillaste.
—Yo no quería que esto pasara... —Intentó defenderse Emmir—. Nuestro matrimonio ya no funcionaba, Hakim. Yo solo quería ser honesto.
Hakim soltó una risa seca, carente de humor.
—¿Honesto? La honestidad es un lujo que los hombres como tú no pueden permitirse, Emmir. La honestidad cuesta cara. Y tú... tú no tienes con qué pagar.
Hakim dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal de Emmir. Levantó su mano derecha y clavó su dedo índice con fuerza en el pecho de Emmir, justo sobre el corazón.
—Si quieres evitarles muchos problemas a tu familia... vas a empezar a tratar bien a mi hija.
Emmir sintió la presión del dedo como si fuera la punta de un cuchillo.
—Hakim, no puedes obligarme a ama