El trayecto desde el Hospital Esperanza hasta la Mansión Seller fue un ejercicio de asfixia silenciosa. El sedán de lujo se deslizaba por las calles mojadas de Estambul, aislando a sus ocupantes del ruido de la ciudad, pero encerrándolos en una cápsula de tensión irrespirable.
Emmir conducía con los nudillos blancos sobre el volante de cuero. Sus ojos estaban fijos en la carretera, pero su mente estaba atrapada en la conversación con Hakim bajo la lluvia. Cada semáforo en rojo le recordaba que su vida se había detenido; que ya no avanzaba hacia la libertad, sino que retrocedía hacia una jaula dorada.
A su lado, en el asiento del copiloto, Ariel miraba por la ventana. Llevaba gafas de sol oscuras para ocultar la hinchazón de sus ojos y la palidez mortal de su piel. No decían nada. No había nada que decir que no fuera una mentira o una declaración de guerra.
Cuando las rejas de hierro forjado de la mansión se abrieron lentamente, Emmir sintió una opresión física en el pecho. Era el regr