Al llegar, las dos hermanas caminaron por las calles empedradas. El olor salino del mar se mezclaba con el dulzor del pan recién horneado de la panadería de la esquina. Cada casa, cada grieta en el pavimento, era un ancla que tiraba de Zeynep a un tiempo más apacible, antes de que el dolor y el engaño definieran su vida.
Se dirigieron a un pequeño acantilado con vistas al mar, donde solían sentarse a soñar cuando eran niñas. La brisa marina agitaba el cabello de Zeynep, y por primera vez en día