Zeynep se despertó antes de que la primera luz del amanecer pudiera penetrar la gruesa cortina de la habitación de huéspedes. Había dormido apenas tres horas, interrumpida por el recuerdo del rostro de Carlos. La cama contigua, destinada a Evan, estaba vacía; lo había dejado en su cuna, custodiado por la empleada nocturna. Kerim estaba en su propio encierro, en la habitación principal.
Esa mañana, Zeynep solo quería una cosa: huir. No de Kerim, sino de las paredes de la mansión Seller, que ahor