El pequeño coche de Emme se detuvo frente a la casa de la infancia. Era una estructura modesta, de colores desvanecidos por el sol y la brisa marina, un mundo aparte del mármol y el cristal de la mansión Seller .
Emme abrió la puerta de madera, y el olor a polvo, a lavanda seca y recuerdos atrapados invadió el aire. Zeynep entró primero.
Emme arrastró las maletas hasta el cuarto pequeño que antes habían compartido. Dejó las bolsas en el suelo y se giró para ver a su hermana.
—Y bien... ¿qué te