No supe en qué momento pasó. No supe cómo ocurrió. Ni siquiera cómo empezó.
Pero, de un momento a otro, yo besaba a ese hombre con un frenesí desbocado. Mientras mis piernas abrazaban aquellas caderas, y el resto de mi cuerpo se encontraba tendido sobre el escritorio, mi boca devoraba la suya y mis manos sostenían su rostro.
Mi “condición” delicada era un pensamiento que apenas oía, porque mi cabeza estaba totalmente llena de un humo caliente y adormecedor.
—Liebling…
La voz ronca de Maximilia