MI DECEPCIONANTE REALIDAD

Dormí durante todo el viaje, pero desperté de un sobresalto cuando el avión aterrizo con una sacudida. Al ver por la ventana, sonreí con alivio; el sol era cálido y la vista muy diferente. Después de una semana encerrada con ese hombre, en su gran casa, lejos de todo, finalmente estaba de regreso en mi tropical país. A salvo.

Durante todo el vuelo, solo había pensado en mi prometido, en la angustia que debía estar viviendo al no saber de mí. Ya ansiaba verlo, abrazarlo y decirle lo mucho que lo había extrañado. Sí antes estaba ansiosa de casarme, ahora lo deseaba más, porque el hecho de estar lejos de él me hizo darme cuenta de que sí me casaba, solo sería con él.

El taxi me dejó frente a la casa donde vivíamos juntos desde hacía dos años. Era una casa modesta a las afueras, muy distinta al enorme palacio de ese tipo, con un pequeño jardín que Christian había heredado. Arrastrando los pies por el agotamiento, subi los escalones del porche, con el corazón latiéndome con fuerza, con una mezcla de alivio y necesitar urgente de lanzarme a sus brazos y fingir que la última semana nunca había ocurrido.

Antes de sacar mis llaves y abrir la puerta, me quité aquel vistoso anillo del dedo y lo guardé en mi bolsillo. Lo vendería. Después de lo que me había hecho soportar, era lo menos que merecía.

—¿Christian? —llamé al entrar, dejando caer mi bolso en la entrada—. Christian, ya volví...

Avancé un paso por el silencioso corredor. Después un sonido me detuvo en seco. Un gemido, bajo, gutural, inconfundible. Y luego una risa femenina, madura, confiada. 

Sentí como sí resbalará a un abismo. Mis piernas se movieron solas, llevándome hacía nuestra habitación, aunque cada fibra de mi ser quería correr a la salida y no ver nada.

Empujé la puerta, que ni siquiera estaba asegurada. Y el reencuentro que tanto había ansiado, se volvió amargo.

Christian, el hombre con quién estaba haciendo preparativos para casarnos y la única persona en la que pensé durante días de cautiverio, estaba en nuestra cama con una mujer que no conocía. En esa escena de pieles desnudas y sudorosas, gemidos y sábanas blancas, la miré. Era mayor que yo, tal vez treinta y cinco, con el cabello castaño arreglado en el salón. Su cuerpo, envuelto apenas, hablaba de cuidado profesional y dinero.

Y su vientre. Estaba embarazada.

—Cariño... —la voz de Christian me llegó, tan sorprendido como yo

No pude moverme. Incluso mi respiración se detuvo. Solo podía mirar, mirarlos mientras mi cerebro intentaba procesar lo que mis ojos veían y se negaban a aceptar. ¿Yo había extrañado ese hombre y sido fiel a nuestro compromiso, mientras él me veía la cara?

—Imaginé que... te quedarías más tiempo el Caribe —dijo, como sí eso justificará ese asqueroso engaño.

Yo había sido la única que había vivido esa semana angustiada. 

—Dijiste que no volvería pronto —la mujer tuvo al menos la decencia de verse incomoda. Se cubrió con la sabana y comenzó a buscar su ropa.

—Eso pensé —le respondió él ante el tono de reproche de ella y se apresuró a vestirse.

Mientras los veía arreglarse frente a mí, tan incomodos como yo, el golpe llegó, tan abrumador como doloroso. Sentí mis ojos arder y mi garganta cerrarse, luego las lágrimas empañaron mi visión, pero no cayeron.

—¿Cuánto tiempo? —mi voz salió patéticamente rota.

Christian suspiró y se pasó una mano por la cara, frustrado.

—Emm, no tenemos por qué hacer esto ahora...

—Solo dime cuanto tiempo llevas haciéndome esto —le repetí, y entonces las lágrimas salieron sin que yo pudiera reprimirlas más—. ¿Desde cuando... me engañas?

Él solo desvió la vista de mí, incapaz de verme a la cara.

—Ocho meses —respondió la mujer desde el otro lado de la habitación, poniéndose un conjunto de oficinista—. Respecto a mi embarazo, es de 6 semanas.

Torció el gesto y siguió sin verme. Yo, al contrario, sí que lo miré. Más de medio año juntos. Mientras yo trabajaba día y noche cubriendo notas menores, construyendo un portafolio, haciendo crecer mi carrera. Mientras pasábamos los fines de semana planeando nuestra boda, visitando iglesias, tiendas de novia, viendo anillos y consultando decoradoras... Él aprovechaba la más pequeña oportunidad para engañarme.

—Terminaré de vestirme en el baño —dijo ella y desapareció, dejándonos solos.

Cuatro años de relación se habían reducido a ese insoportable momento.

—¿Imaginabas que no volvería? —lo miré con decepción y dolor—. ¿O eso era lo que querías?

Él al fin me miró, avergonzado, pero no arrepentido.

—No llamaste, desapareciste por toda una semana. Imaginé que tu exclusiva era más importante que yo...

—¿Buscas responsabilizarme? —no pude evitar una sonrisa agría, con un agudo dolor naciendo en mi pecho—. ¿No te preocupó no saber de mí por 7 días? ¿No te importó donde estuve? ¿Lo que me pasó? ¿Lo que tuve que pasar para volver contigo? ¡¿Solo aprovechaste mi ausencia para burlarte de mí?!

—Emm, por favor, déjame explicar... —se acercó con las manos extendidas.

Retrocedí, sintiendo las lágrimas caer más rápido.

—¡Ya no me llames así!

—¡Yo no planeé esto, fue un error...!

—¿Un error de 8 meses y un embarazo de 6 semanas? —lo corté en seco, temblando por dentro.

—Yo... Ella quedó embarazada y todo cambió —al fin sus ojos se encontraron con los míos y su voz se volvió hastiada—. Mira, es complicado. Yo tengo ya treinta y tu solo 25, ¿no nos pone eso en etapas diferentes?

—¿Qué significa eso?

Se pasó una mano por el cabello en un gesto de frustración y resignación.

—Significa que mientras yo ya estoy listo para sentar cabeza, para tener una familia, tú no tienes los mismos planes —cada palabra fue como un cuchillo—. Aunque ambos somos periodistas, tú, por ser joven, aún no estás en el mismo nivel que yo. No tienes un patrimonio, ni estabilidad financiera y nunca has querido darme un hijo.

Lo miré sin dar crédito a su egoísmo.

—Me negué porque aún no estabamos listos. ¡Teníamos deudas, cuentas, una boda...!

—Yo sí estaba listo —me cortó en seco—. Yo ansiaba un hijo mío. Pero tú al negarte, simplemente... superaste tu utilidad en mi vida.

Esas palabras me golpearon como una bofetada.

—¿Mi utilidad?

—Ya no quiero jugar, necesito una pareja que pueda ser mi igual. Necesito alguién más estable, que quiera lo mismo que yo y con quién el dinero no sea un problema.

Hizo un gesto de pesar, pero frío.

—Pensaba apoyarte, Emma, avanzar contigo y crecer juntos. Pero ya no tengo veinte años para conformarme con una chica guapa como tú y tampoco puedo esperarte. Necesito una compañera de verdad, alguien más cerca de mi altura. Alguien con una vida ya establecida y estabilidad financiera.

Lo miré fijamente, ¿a eso se resumía todo? Antes yo era suficiente, cuando me conoció en la universidad y era estudiante, y él, profesor con un puesto estable. Pero ahora, pocos años después, elegía la experiencia de una mujer ya exitosa, una que ya tuviese la vida resuelta, y yo no lo era.

—No llores —se acercó y me pasó el pulgar por la mejilla, aunque yo me aparté—. Emm, eres bonita, muy bonita. Ese cabello rojizo y esos ojos oscuros... al principio, eso fue suficiente. Pero Carolina es directora de operaciones en una gran firma, ¿no estoy en lo correcto al asegurar mi futuro con una mujer como ella? ¿Debería quedarme con una chiquilla con quién crecer será un camino duro?

—¿Sabes... que eres un miserable? —quité su mano de mi cara con rabia.

—Lo sé —dijo, y sonó casi aburrido—. Aún te quiero, a mi manera. Pero el amor no paga las cuentas. El amor no construye un futuro sólido.

—Te di 4 años de mi vida...

—Y yo te di un lugar donde vivir.

Se encogió de hombros, como sí eso igualará las cosas.

—Tú no tenías nada cuando nos conocimos. Tenlo en cuenta y busca a un hombre mejor que yo, que pueda darte lujos, dinero y una gran posición. Deberías ser un poco más ambiciosa en esta vida, Emm —dijo con burla y desdén.

Pensé en ese hombre, ese futuro presidente, en su enorme casa señorial y en el anillo oculto en mi bolsillo, que seguro valía más que la pequeña casa de Christian. Incluso Maximilian Müller, con nexos a una de las mafias más crueles del mundo, era mejor que Christian.

—¿Y mi dinero? —pregunté de repente, recordando—. Los ahorros de la boda. Mis tarjetas. Dame todo y me iré.

Su expresión cambió.

—Lo usé. Para Carolina y el bebé —dijo simplemente—. Ella necesita cuidados prenatales, vitaminas, ropa, y es mi obligación aportar. Cuando el bebé nazca, te devolveré todo...

—Me robaste —susurré, incrédula de su egoísmo—. No solo me engañaste y embarazaste a esa mujer, sino que tomaste mi dinero...

—Era dinero de los dos...

—¡Yo lo gané! ¡Yo trabajé día y noche para reunir esos ahorros!

—¡Necesitaba ayudarla, ella tiene gastos! —se justificó—. Ya te lo dije, te lo pagaré después. Sé que ahorraras de nuevo.

Miró hacía el baño, luego a mí.

—Emma, ahora que ya lo sabes todo, deberías irte. Yo te buscaré después y arreglaremos esto.

Aunque no tenía a donde ir y ni un centavo en el bolsillo, no le rogué para que me dejará quedarme. Salí de su casa sin tomar nada, solo mis documentos personales. Y solo cuando estuve en la oscura calle, me detuve y lloré. Lloré hasta que no me quedaron más lágrimas. Hasta que mi garganta estuvo en carne viva y mis ojos ardieron.

Entonces, en medio del silencio devastador, saqué el anillo de Maximilian Müller. Si vendía su anillo, seguro solo serviría para que me rastreará y supiera donde estaba. Aunque, seguro me encontraría pronto y me... ¿me mataría cómo al hombre del crucero?

Sin embargo, el hombre que me había secuestrado, el mismo que me había amenazado con casarme o morir, el tipo que me había ofrecido una salida imposible... También era el mismo hombre que me había ofrecido algo único: vivir una vida diferente, mil veces mejor.

“Busca a un hombre mejor que yo, que pueda darte lujos, dinero y una gran posición. Deberías ser un poco más ambiciosa en esta vida, Emm”.

Christian me lo había quitado todo. Mi dinero, mis sueños, mi futuro. Me había comparado con otra mujer y me había dicho que era insuficiente. Me había dejado en bancarrota y vacía.

Pero Maximilian... Maximilian Müller me ofrecía poder, dinero, posición. Todo aquello que ese miserable buscaba con ambición en otra mujer, yo podría obtenerlo con ese hombre, con su ultimatúm de casarme o morir.

Entonces, ¿podría verlo ahogarse en su sufrimiento, como yo en esos instantes?

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