Los últimos invitados habían partido horas antes. El personal había recogido los restos del banquete, doblado los manteles de lino y apagado las luces del salón. Fuera de aquella habitación de hotel, el país entero dormía y la nieve caía suavemente, acumulándose en las calles, volviéndose hielo.
Pero dentro, en esa suite presidencial, no había hielo ni frío, sino un desquiciante calor. Aunque las ventanas habían sido abiertas y el viento helado entraba hondeando las cortinas, el calor no desap