Los días siguientes al matrimonio civil transcurrieron en una extraña calma. Maximilian salía temprano cada mañana a Berlín para reuniones de campaña y regresaba a altas horas de la noche, cuando yo ya dormía. Por mi parte, permanecía en la casa señorial como un fantasma, explorando habitaciones y preguntándome cuánto tiempo más duraría ese limbo.
Hasta que, una mañana, algo cambió.
Estaba en la biblioteca, hojeando un libro en alemán con aburrimiento, cuando escuché el rugido de varios motor