La sala donde se levantaban las declaraciones formales olía a papel viejo y a café quemado, ese olor institucional que no pertenece a ningún lugar en particular y que, por eso mismo, pertenece a todos los lugares donde los seres humanos se sientan frente a sus propias cobardías y tienen que decidir si seguirán cargándolas.
Arturo Villanueva llevaba dos horas en esa silla.
No era una silla incómoda —el Estado no torturaba con madera, torturaba con el tiempo que transcurría mientras uno esperaba