El juzgado olía a papel mojado y a decisiones que no se deshacen.
Valeria lo supo desde que cruzó las puertas de vidrio emplomado, desde que sus zapatos —los únicos formales que tenía, comprados en una tienda de segunda mano en Monterrey con el dinero que le quedaba después de pagar la última consulta del pediatra— resonaron sobre el mármol beige como un argumento que alguien finalmente se había atrevido a pronunciar en voz alta. El edificio tenía esa arquitectura de gobierno que comunica, ante