El edificio de la Fiscalía General del Estado tenía esa arquitectura que los gobiernos construyen para recordarle a la gente que el poder precede al individuo: fachada de cantera gris, ventanas estrechas como ojos que no esperan ser interrogados, una escalinata de piedra donde el frío de enero se acumulaba desde la madrugada y seguía ahí a mediodía, terco y puntual como la burocracia misma. Mateo llegó diez minutos antes de lo acordado porque llegar tarde habría sido admitir que tenía miedo, y