La fiscal Romo tenía la costumbre de dejar el aire quieto antes de hacer la pregunta importante. Valeria lo había aprendido en la tercera sesión: ese silencio no era duda, era método, era el espacio calculado que le daba al testigo justo el tiempo suficiente para creer que ya había pasado lo peor.
Mariana Echeverría no lo sabía todavía.
Estaban en la sala de escucha del juzgado auxiliar —no la sala grande, no la que tenía ventanas al parque, sino la que daba al estacionamiento, la que olía a de