Arturo Villanueva había elegido un lugar sin sillas cómodas para decirle esto. No por crueldad, sino porque la comodidad pertenece a las conversaciones que tienen salida fácil, y esta no la tenía.
Estaban en la sala de espera del juzgado auxiliar, ese corredor de luz fluorescente que humilla todo lo que ilumina, y Valeria llevaba el café en la mano derecha con la convicción de quien sabe que no va a beberlo. Arturo se lo había pedido a ella. Específicamente a ella. No a Mateo, que esperaba en e