Elena Villaseñor encontró el documento a las once de la mañana, enterrado en la décima página de un anexo que nadie había pedido y que había llegado por correo certificado al despacho del juez Arriaga sin remitente físico verificable, como si la burocracia hubiera aprendido a moverse sola mientras todos miraban hacia otro lado.
No era un documento dramático. Eso fue lo primero que la perturbó. Era un formulario de registro notarial, membretado con discreción institucional, con tres sellos y una