Anastasia miró el caldo humeante y luego al hombre enmascarado que la vigilaba como un depredador paciente. Sus manos, aún marcadas por las huellas violáceas de las cadenas, temblaban ligeramente. El hambre rugía en su estómago, pero el miedo y la desconfianza eran más fuertes.
Con dedos inseguros tomó la cuchara, pero antes de que pudiera llevarla a sus labios, Alaric se adelantó.
Cortó un trozo tierno de carne con el tenedor y lo acercó lentamente a su boca. El gesto era tan inesperadamente í