En la mansión fortificada de Alaric, el aire de la mañana era fresco. Anastasia, apoyada apenas por su voluntad de hierro, había logrado caminar hasta el balcón de la suite principal. Se sostenía del barandal de hierro forjado, con la bata de seda bailando suavemente con el viento. Sus ojos, antes perdidos, ahora escaneaban el horizonte con una agudeza que no había tenido días atrás. Sus pulmones, aunque todavía resentidos por el humo, inhalaban la libertad como si fuera oxígeno puro.
Desde el