La noche en el puerto estaba teñida de rojo. Damián Petrov, como un ángel de la muerte, caminaba entre contenedores perforados por balas, con el arma en la mano y el rostro salpicado de sangre ajena. Sus hombres habían destrozado el almacén de los Moretti en una carnicería que rozaba la locura. No buscaban dinero ni mercancía; buscaban una purga.
Damián disparó a sangre fría contra el último guardia que intentaba pedir clemencia. El sonido del arma fue seco, implacable.
—Dime dónde están mis re