Mónica Turner estaba de espaldas al espejo, quitándose la blusa manchada de café con movimientos bruscos. El día ya había sido lo suficientemente agotador como para lidiar con más idiotas.
¡CLACK!
El sonido metálico del cerrojo de la puerta principal al cerrarse con llave resonó como una sentencia de muerte en el elegante baño de mujeres. Mónica se giró de golpe, con el corazón en la garganta.
Allí estaba él. Boris Petrov. Imponente, macizo, bloqueando la única salida como un muro de músculo y