Boris Petrov condujo con cautela hasta el departamento seguro donde mantenía escondida a Coni. Al entrar, la tensión acumulada en sus hombros se disipó un poco al ver a su hermana esperándolo. Traía los brazos cargados con las bolsas de la farmacia de élite que contenían sus inhaladores, ropa limpia y cómoda, y un par de pequeños detalles sencillos —esos dulces y libros que Coni tanto amaba y que siempre lograban sacarle una sonrisa—.
—¡Boris! —exclamó Coni, corriendo a refugiarse en sus brazos