La casa era un laberinto de piedra, acero y tecnología que Anastasia aún no alcanzaba a comprender. Habían pasado ya varios días y, aunque sus costillas seguían doliéndole con cada movimiento brusco, la doctora Daysi Araujo finalmente le había dado permiso para intentar dar sus primeros pasos fuera de la habitación.
—Despacio, Anastasia. Tu cuerpo ha pasado por un trauma extremo. La gravedad no es tu amiga ahora mismo —advirtió Daysi, sosteniéndola con firmeza por el brazo mientras caminaban le