AURORA.
Me encuentro en el despacho de Sebasten, sentada frente a su enorme escritorio. Tengo el teléfono inalámbrico pegado a la oreja y las manos me tiemblan sutilmente, no solo por la emoción de escuchar a mi familia, sino por la presión del ambiente. No estoy a solas. Sebasten está apoyado contra el marco de la ventana a solo un par de metros de mí, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándome con esa fijeza fría e implacable que me corta la respiración. Vigila cada uno de mis movimien