SEBASTENNo tengo nada más que hacer aquí. Tomo el saco del piso, me lo pongo sobre el torso desnudo para cubrirme la piel y salgo de esa suite sin mirar atrás. Cruzo el vestíbulo del hotel con la mandíbula tensa, ignorando las miradas. Conduzco directo a mi propio hotel, donde tengo mi ropa y mi espacio.Me doy una ducha rápida para quitarme el rastro del sudor, pero el aroma de ella sigue pegado en mi mente. Me visto con un traje gris hecho a la medida, ajusto los puños de la camisa limpia y salgo hacia el estacionamiento. Subo a mi Bentley, enciendo el motor y acelero a fondo por las calles de la ciudad hacia el edificio de mi empresa de telecomunicaciones.Al llegar, las puertas de cristal se abren y camino directo a mi oficina. Verona, mi secretaria, una pelirroja de curvas pronunciadas y eficiencia impecable, se pone de pie inmediatamente al verme pasar.—Señor Sebas, buen día —dice Verona, siguiéndome el paso con una tableta en las manos—. El día de hoy iniciamos con las entrev
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