SEBASTEN.
Estaba de pie en medio de la gran sala de reuniones del Consejo. La luz de la tarde entraba por los ventanales de arco, iluminando la mesa central donde los doce ancianos me observaban con una mezcla de respeto y cautela. Ajusté la chaqueta de mi traje, manteniendo una postura erguida, masiva, proyectando la autoridad intacta de mi linaje.
—Señores del Consejo —comencé, dejando que mi voz grave y firme retumbara en el recinto sin necesidad de alzarla—. Los he convocado para informarle