SEBASTEN
Harola miró a su esposo con cierta curiosidad, mientras Carl se ponía de pie con mi hijo en brazos, devolviéndoselo con delicadeza a mi mujer para que ella lo llevara.
Salimos a la parte trasera de la propiedad. El jardín era amplio, rodeado por el bosque espeso y la brisa fresca de la tarde. El silencio del lugar nos daba la cobertura perfecta. Nos detuvimos cerca de los grandes árboles, donde no había interrupciones.
Carl y Harola nos observaron fijamente, notando la solemnidad en nu